Empieza lo más difícil: la desescalada bajo responsabilidad de cada uno

Empieza lo más difícil: la desescalada bajo responsabilidad de cada uno
22 junio, 2020 REDPISO

En el mundo del alpinismo existe un indicador que mide el grado de dificultad de una escalada. Se lo conoce como coeficiente de peligrosidad en el descenso. Así, es el K2, y no el Annapurna, la cumbre más difícil del mundo. ¿Por qué? Por la estadística de letalidad: es decir, el número de personas que hacen cumbre pero no regresan con vida. Significa esto que tanto o más riesgo supone la bajada como la subida. A los factores que complican el conjunto de la escalada, en el descenso se suman el agotamiento físico y mental, y la necesidad de establecerse cuanto antes por debajo de los 8.000 metros, fuera de la llamada “zona de muerte”. Esta metáfora la popularizó un lector en una carta a un diario de tirada nacional. Certera. España ha llegado al pico de la curva epidemiológica. Ahora toca bajar.

Ahora empieza lo más difícil

Para hacer cumbre hemos pagado un precio muy alto, algo que ya no se le escapa a nadie. Aunque el incremento de contagios es poco a poco más lento, España supera ya a Italia. Es el país en Europa con más incidencia, aunque en lo alto de la lista mundial figure Estados Unidos, con más de un millón de infectados. Los principales focos de la epidemia se localizan en Madrid y Cataluña. Les siguen Castilla-La Mancha y Castilla y León.

Al margen de las UCI, hay que observar la evolución de los nuevos contagios en los próximos días y la capacidad del sistema de atención primaria (sea presencial o domiciliaria) para reorganizarse y asumir el papel protagonista en esta nueva etapa. Por descontado que no habrá avance posible si los gobiernos no hacen llegar suficientes tests para detectar positivos y estructuran una buena red de rastreadores para aislar a los contactos. En la ejemplar Islandia se ha testado al 15% de su población.

También resulta importantísimo que las autoridades garanticen equipos de protección para el personal sanitario. El agotamiento ha empezado a dar la cara tras dos meses de esfuerzo hercúleo. Las cifras oficiales refieren casi 46.000 sanitarios infectados en esta pandemia. En esta cifra ha influido sin duda el uso de mascarillas defectuosas, así como la falta del material adecuado por malas compras o el retraso en estas. Ayer, en Castilla y León tuvieron que retirarse un millón de mascarillas no válidas contra la Covid-19 que se estaban utilizando desde hacía un mes en centros hospitalarios de Valladolid, Palencia, Ávila o Segovia.

Hasta aquí la lógica de la curva epidemiológica. Pero hay otra lógica: la de la prudencia. Ahora viene lo más difícil, decíamos, porque los sucesivos cambios de fase de la desescalada suponen que el Estado va a relajar esa vigilancia inflexible que ha ejercido sobre los ciudadanos desde que el Gobierno declaró el estado de alarma, el 14 de marzo. Entramos en un momento ambiguo del “sí pero no”. Hasta hoy la consigna ha sido clarísima: hay que quedarse en casa. Después, la prudencia. Una gran mayoría de españoles ha cumplido a rajatabla. El testigo, con más carga de responsabilidad (o corresponsabilidad), pasa ahora de la administración a la gente. Autocontrol y responsabilidad. Esa es la fórmula, nada fácil. No olvidemos dónde estábamos hace no tanto tiempo.

Fuente: La Vanguardia.

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